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Podríamos pensar de manera hipotética en un país donde se manejara solamente dinero en efectivo. En ese lugar imaginario, todas las transacciones deben liquidarse en moneda contante y sonante y las personas tienen que guardar sus ahorros debajo del colchón. Una economía de esta naturaleza no solamente resulta incómoda y peligrosa, sino además muy ineficiente. Por ello, todas las economías modernas trabajan con base en créditos, es decir, en la confianza de que, al prestar o facilitar bienes, servicios o dinero, posteriormente serán pagados. De hecho, la palabra “crédito” viene del latín “credere” que significa creer o confiar; entonces, la mayoría de las transacciones se realizan con base en la confianza. 

Ahora bien, cuando se usa un bien ajeno con propósitos lucrativos, es necesario pagar una cantidad de dinero por ese uso; pero si se trata de bienes comunes, a ese pago se le denomina alquiler o renta; en el ámbito financiero, al alquiler pagado por utilizar el dinero ajeno (o que cobramos al prestarlo) se conoce como interés o intereses.  De la necesidad de calcular los intereses surgieron las matemáticas financieras.







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